Por qué no puedo no hacerlo.

Pocas veces cuento esta historia ya que refiere a uno de los dolores más profundos de mi corazón.

Como muchos saben, viví de 2009 a 2011 en la Sierra Tarahumara. Colaboré como voluntaria en un albergue para niños que vivían muy lejos de la escuela. Entre ellos, había uno que vivía bastante cerca pero había quedado huérfano desde pequeño.Era callado, un tanto agresivo y no jugaba mucho con los otros niños. Su familia no se hacía cargo de él, una de sus hermanas se había casado ya; la otra de catorce años estaba embarazada y la más pequeña tenía tan sólo 10 años. Se llamaba Alberto.

Entonces un día , Alberto se fue. Se fue como muchos, en una camioneta en la parte de atrás. Se lo llevaron a sembrar marihuana. A cosechar amapola. Comentaban las señoras que ahora había trabajo también para las mujeres y los niños, porque tenían la mano más delicada y podían levantar mejor la amapola.

Así se fueron Julia, Lencho (quien es otra de esas dolorosas caras con una historia terrible detrás) Lucía, y muchos otros.
Alberto regresó un mes después con ropa nueva, un six de cervezas y lo que quedó de los mil pesos que le pagaron.

A mis diecisiete años, me sentía incapaz de hacer algo por él.
Regresó al albergue pero era terriblemente violento. Un día amenazó de muerte a un niño con una navaja; así que llamé a las autoridades de la comunidad y a la familia, y en una reunión se acordó que el tío se haría cargo de él. Que le darían una educación familiar y que dejaría de estar brincando por ahí.

Lo que yo no sabía, era que el tío y la familia estaban metidos en el narco hasta las narices, así que resultó aún peor esa decisión. Alberto dejó de ir a la escuela y comencé a verlo sólo caminando por ahí. Me llegó a tratar de intimidar alguna vez, pero lo vi a los ojos y bajó la mirada.

Meses después, Alberto murió asesinado en una pelea de borrachos. Tenía trece años.

Y así como la historia de Alberto, están Pedro, Gerardo, Sabino, David.
Algunos de ellos siguen por acá, pero son nombres. Rostros de la injusticia de una niñez arrebatada.

Así que cuando ayer me preguntaban: ¿por qué asistir a la marcha el día de hoy?

Me detengo y veo a los ojos a la persona que me pregunta.
La veo bien y me pregunto ¿cómo es que no siente la indignación?¿por qué no le hierve la sangre con toda la injusticia? ¿por qué no le duele como a mí? ¿Será que para ella es un número? ¿Será porque nunca ha escuchado los gritos de dolor de una madre que pierde a su hijo?

Respiro y vuelvo a respirar. Levanto la mirada y digo: porque no puedo no hacerlo. Porque ya no basta levantarme y sonreír al vecino, porque ya no basta hacer mi trabajo cómodamente, porque ya no basta que ponga todo mi trabajo en construir algo diferente. Porque no sólo es Ayotzin, porque ví y enterré más personas en dos años de las que he enterrado en toda mi vida, porque México es una fosa común y no me puedo quedar callada.

CIERRE DIC. (24)

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Un pensamiento en “Por qué no puedo no hacerlo.

  1. Hola Paulina:
    Leerte y sentir esa realidad que muchos niños y niñas en nuestro país enfrentan duele. Abre la gran pregunta del sentido de nuestro quehacer como educólogas, de la reproducción social de la inequidad y las injusticias. De las posibilidades reales de la educación como una vía para favorecer el desarrollo humano. De nuestro alcance, con esperanza y con realismo, para contribuir a los cambios e innovaciones en este largo camino de construir un mundo mejor para todas y todos.

    Cuando pienso que pudieron ser mis amigos, ustedes, mis hermanas, yo en una marcha… también duele, me indigna, me asusta y devela esta simulación de un estado de derecho. Sucedió y esto ha hecho visible condiciones que ya existían de violencia estructural, de corrupción, injusticia e impunidad. Y no para todos son visibles. No todos saben de lo que sucedió y está sucediendo.

    ¿Y qué hacer? ¿Cuál es la responsabilidad compartida y la personal?

    En el contexto de esta etapa de universidad, o de mi intento por acompañarles en su proceso, me aparece como muy relevante que aprovechen-aprovechemos las oportunidades para conocer más el contexto en el que vivimos, cultivar esa posibilidad de utilizar herramientas de conocimiento y de acción para reconocer esa injusticia en su complejidad, la dureza de la vida, lo que falta por hacer, intervenir con otras y otros y reconocer aquello con lo que nos queremos comprometer.

    No atino a comunicar lo que quiero, simplemente decir que comprendo el por qué no poder no hacerlo y que agradezco nos compartas la historia de Alberto, historia que vive en tu corazón y que semilla esperanza, por la empatía y criticidad que inspira.

    Recupero un fragmento de una oración… no por ser la oración tal cual sino por aquello a lo que invita: “… un alma sana,… que no [sólo] se escandalice al ver el mal, sino que más bien sepa vencerlo”. Y en ese camino vamos… espero. Así nos lo han comunicado quienes han salido a marchar, a exigir. Así lo siento a la distancia con las familias de los desaparecidos.

    Saludos,
    Lorelí

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